Hay un valle que casi todos atravesamos en algún momento: el valle de las preguntas y las lágrimas. Es el mismo lugar del duelo, de la confusión y de la sombra de muerte. Allí nacen las preguntas más difíciles: “¿Dónde estás, Dios?”, “¿Hasta cuándo?”, “¿Por qué permitiste esto?”.
Esas preguntas casi nunca aparecen cuando todo va bien. Surgen en el dolor. Y aunque duelen, no son pecaminosas por sí solas. La Biblia está llena de hombres y mujeres que preguntaron con honestidad… y de un Dios que no se ofendió por ello.
Dios no se ofende con tus preguntas
Habacuc clamó: “¿Hasta cuándo, Jehová, clamaré, y no oirás?”. Job preguntó por qué había nacido. David escribió salmos enteros llenos de “¿hasta cuándo?”. Jeremías habló de un dolor perpetuo. Marta y María confrontaron a Jesús por su demora. Y el mismo Jesús, en la cruz, gritó: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”.
La fe no consiste en fingir que no tienes preguntas. La fe verdadera es poder hacerlas… y luego entregarlas. Preguntar con honestidad y terminar en rendición, como Jesús: “Que se haga tu voluntad”.
No malinterpretes el silencio como ausencia
Uno de los errores más peligrosos en el valle es confundir dolor o silencio con abandono. Dios siempre está. Es omnipresente. Aunque no lo sientas, Él no se ha ido.
La cruz lo demuestra. Lo que ante los ojos humanos parecía la mayor derrota de la historia, era en realidad la mayor victoria. Lo que parecía ausencia del Padre era, en secreto, la obra más poderosa de redención. Así también en tu vida: lo que hoy parece derrota puede ser el escenario donde Dios está obrando algo eterno.
Confiar primero, comprender después
Nuestra tendencia es querer entender antes de confiar. Pero la fe verdadera comienza donde termina lo que podemos explicar. Proverbios nos llama a confiar en Jehová de todo corazón y no apoyarnos en nuestra propia prudencia.
Job no recibió todas las explicaciones. Sin embargo, al final pudo decir: “De oídas te había oído, mas ahora mis ojos te ven” (Job 42:5). Tal vez Dios no responda cada “por qué”, pero sí se revela a sí mismo. Y conocerlo más profundamente es la mayor bendición del valle.
El valle se atraviesa, no se habita
El Salmo 84 dice que el que tiene en Dios sus fuerzas, al atravesar el valle de lágrimas, lo convierte en fuente. No se ahoga allí: lo transforma. El valle no es residencia; es tránsito. Quedarse lamentándose, endureciéndose o fingiendo fortaleza es lo que estanca el alma.
El problema no son las preguntas. El problema es querer vivir dentro de ellas. Dios quiere que las hagas, las sueltes y sigas caminando un paso a la vez, abrazado a Él y a una comunidad que sostenga tu fe.
Aunque no entienda tus caminos, confío en tu corazón
Cuando lo que Dios hace no tiene sentido para nuestra mente, Él sigue siendo digno de confianza. Su bondad no se redefine por nuestras circunstancias. Aunque no entendamos Sus caminos, podemos confiar en Su carácter.
El enemigo quiere usar la prueba para apagar tu luz. Dios quiere usarla para fortalecer tu fe, formar tu carácter y revelarte Su corazón. La decisión es tuya: ¿a qué plan te unirás?
Hoy puedes venir con tu tacita —o tu caldero— de preguntas, soltarlas ante el Padre y declarar: “Aunque no entiendo tus caminos, confío en tu corazón. Voy a atravesar este valle… no a quedarme en él.”


