Cuando No Entiendo a Dios: Fe que Adora en Medio del Sufrimiento

Hay una tendencia muy humana a querer entenderlo todo. Queremos conciliar en nuestra mente el sufrimiento con un Dios bueno y todopoderoso. ¿Por qué un diagnóstico? ¿Por qué una muerte inesperada? ¿Por qué una tragedia nacional? Esas preguntas son normales… pero no todas tendrán respuesta en esta tierra.

La Biblia nunca nos prometió que íbamos a entenderlo todo. Jesús nunca dijo que cada dolor vendría con una explicación. Dios nos llama, no a comprender cada detalle, sino a rendirnos: a aceptar que Él es Dios y nosotros no.

En la crisis solo hay dos caminos

Cuando llega la tragedia, siempre debemos escoger. El sufrimiento puede acercarnos más a Dios… o puede endurecernos, llenarnos de soberbia y alejarnos de Él. Dios es paciente mientras preguntamos, pero nosotros tenemos que salir de ese lugar. La decisión es nuestra.

Job no recibió explicaciones. Vio después un propósito cumplido, pero Dios no le detalló el “porqué” de cada pérdida. Y aun así Job declaró: “Yo sé que mi Redentor vive”. Esa puede ser nuestra respuesta cuando la carne, el enemigo o el mundo nos presionen con preguntas.

Hay cosas secretas que pertenecen a Dios

Deuteronomio 29:29 dice: “Las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios; mas las reveladas son para nosotros…”. Hay misterios reservados solo para Él. Ese versículo nos humilla y nos recuerda cuán pequeños somos. Dios no tiene por qué darnos todas las explicaciones.

La fe verdadera comienza donde termina lo que podemos explicar. Todo lo que cabe cómodamente en nuestra lógica humana no requiere fe. La fe es confiar en Dios cuando no entendemos.

Dios sigue siendo bueno aunque no entendamos

La bondad de Dios no se mide por nuestras circunstancias. Él seguía siendo bueno en medio del dolor de Job. Él sigue siendo Dios antes, durante y después de cada prueba. Cometemos un error cuando evaluamos a Dios según si hizo lo que nosotros queríamos.

En la tragedia queda revelado lo que realmente creemos de Dios. Algunos endurecen el corazón y lo culpan. Otros corren a Sus brazos llorando, confundidos, pero cerca de Él. La misma crisis produce respuestas distintas.

No juzgar a Dios… ni pretender defenderlo

En el dolor surge la tentación de buscar culpables y, cuando no hay a quién señalar en la tierra, la soberbia humana se atreve a juzgar a Dios. Eso no es sabiduría. El principio de la sabiduría es el temor de Jehová.

Tampoco estamos llamados a “defender” a Dios inventando explicaciones: “Seguramente Dios permitió esto porque…”. Dios no está en el banquillo de los acusados. La verdad se defiende sola. Nuestra parte es hacer silencio en Su presencia, seguir adorando y seguir creyendo.

La iglesia no da explicaciones: da compasión

Cuando el mundo pregunta “¿dónde está Dios?”, la iglesia responde con su presencia: orando, sirviendo, llorando con los que lloran, llevando comida, abrazo, esperanza y palabra. Somos el cuerpo de Cristo. Cristo en nosotros, esperanza de gloria.

Nuestra paz no depende de entender a Dios. Depende de quién es Él y de quiénes somos nosotros para Él. Podemos orar como Jesús en Getsemaní: presentar el dolor… y terminar diciendo: “Que se haga Tu voluntad”.

Cuando no entiendas a Dios, no dejes de adorarlo. Solo sé esto: tu Redentor vive.

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