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Mi nombre es Jaime García, soy colombiano y hace 7 años aproximadamente destruí por completo a mi esposa e hijas al abandonarlas por irme tras otra mujer. Este es mi testimonio…

Crecí en un hogar “normal”, con mi papá, mi mamá y dos hermanas menores.  Mi papá siempre fue muy trabajador, excelente proveedor y muy reconocido por sus grandes capacidades empresariales y éxito.  Mi mamá siempre fue mi gran amiga, y junto a mi papá me apoyó en cada uno de los “proyectos “que emprendí desde muy joven.  A pesar del gran esfuerzo que ambos hicieron de ser los mejores padres, como todos, cometieron errores.  Ambos tuvieron una gran dificultad de expresar amor a través de palabras de afirmación y caricias y además me sobreprotegieron.  Esta combinación fue fatal para mí pues produjo grandes vacíos en mi alma y en mi autoestima y desde muy temprano busqué la manera de llenar esos vacíos.

Me esforcé por ser el mejor estudiante, el mejor deportista, el mejor en todo lo que hacía… recuerdo que quería ser como mi papá… exitoso… tenía que ser exitoso y tenía que lograrlo a como de lugar.  Sentía que mi vida dependía del éxito que lograra obtener.

Al mismo tiempo tuve acceso desde muy joven a revistas pornográficas, lo que me llevó a conocer un nuevo mundo de mentiras, culpa, vergüenza y oscuridad que son supremamente dañinas para cualquier niño.

A los catorce años de edad, mis padres me matricularon en un colegio muy prestigioso en Barranquilla, mi ciudad natal.  El propósito de este cambio era lograr un mejor nivel académico que me hiciera más competitivo para más adelante entrar a la universidad a estudiar ingeniería.  Nunca olvidaré mi primer día en ese lugar… Tenía 14 años, en plena pubertad, estaba en décimo grado, tenía 51 compañeras y tan sólo dos compañeros.  Recuerdo claramente que decía: ¡ASÍ DEBE SER EL CIELO!, pues la euforia que sentía al ver que le llamaba la atención a una mujer era una sensación muy fuerte e incomparable hasta ese momento en mi vida.  No tenía ni idea lo que estaba por venir.

Esa experiencia cambió mi vida, comencé una vida de promiscuidad muy temprano.  Al terminar el colegio, viajé a Bogotá, la capital de Colombia, a estudiar en una universidad muy prestigiosa también; mis padres cubrieron todas mis necesidades financieras; tenía mi propio apartamento, carro y tan solo tenía 16 años.

Encontré en la aceptación de las mujeres un falso sentido de valoración y aceptación que me ayudaba a no pensar en mi baja autoestima ni sentir temor al fracaso, que hasta entonces me gobernaba.  Recuerdo que en ningún momento pensé que estaba haciendo algo malo pues, al fin y al cabo, todos mis amigos vivían el mismo estilo de vida, celebraban mi comportamiento y me sentía aceptado por ellos.  Estudiábamos durante la semana y nos íbamos de parranda durante el fin de semana; no gastaba más dinero de la cuenta y me esforzaba muchísimo por mantener una buena imagen, que en realidad era falsa, delante de todos aquellos que me rodeaban.

Una de las maneras de cuidar mi imagen consistió en someterme a una dieta rigurosa y a un plan diario de entrenamiento físico en el gimnasio, durante tres horas, además de un cuidado extremo en la forma de vestir.  Esto, sin duda alguna, me ayudaría a llamar más la atención del sexo opuesto.

El trabajo fue otro de los grandes refugios que tuve disponible para protegerme del dolor.  Estando en la universidad estudiando Ingeniería Civil conocí a Liliana y nos hicimos novios.  Desde ese momento comencé a trabajar en la empresa de construcción de mi papá y tanto los estudios como el trabajo siempre compitieron con Liliana por mi atención.

Recuerdo que comencé a tener conflictos con mi esposa porque salía a trabajar a las 6:00 a.m., en algunas ocasiones volvía a almorzar y salía de nuevo a trabajar; volvía por la noche a cenar, descansaba un par de horas y era muy común que volviera a la oficina por la noche y llegaba muy tarde, o llevaba “cositas para adelantar” a mi casa.  Esto incluía por supuesto los fines de semana y robaba todo nuestro tiempo de familia y de pareja, cuando estaba en casa estaba mentalmente ausente y no asistía a la mayoría de los eventos familiares y de nuestras amistades.  Los momentos de comunicación e intimidad con mi esposa eran cada vez más escasos.

En 1999 pasé a trabajar tiempo completo en la iglesia que posteriormente, en el año 2002, terminé dirigiendo como pastor presidente.  Mi tendencia a buscar refugio en el trabajo no sólo permanecía intacta, sino que seguía empeorando.  Cuando la iglesia llegó a tener 5,000 asistentes, tuve suficientes argumentos para trabajar más horas de lo necesario y la mayoría de las personas “aplaudían mi gran esfuerzo y dedicación a la obra de Dios.”

Recuerdo estar frente a la iglesia predicando, eran momentos en que recibía suficiente aprobación, aceptación, elogios y admiración que la que te puedes imaginar.  Me sentía tan bien en esos momentos que cuando no estaba en la tarima, honestamente solo pensaba en lo bien que me sentiría la próxima vez que estuviera allí.  Cuando me encontraba en mi casa, soñaba despierto que estaba frente a la congregación.

Especialmente cuando tenía conflictos en mi casa, cuando los problemas con Lili se incrementaban, hacía convocatorias y reunía a los diferentes equipos que conformaban el liderazgo de la iglesia, predicaba 5 veces los domingos, en cada servicio, y además atendía un mínimo de ocho citas de consejería por día durante la semana.  No tenía ni un día de descanso, no me lo podía permitir, pues descanso significaba detener mi mente y enfrentar la realidad que no quería enfrentar: Era un fracaso como hombre, papá y esposo y estaba lleno de máscaras.

Finalmente llegó el momento en que ya no podía seguir predicando, ya no podía seguir aconsejando, literalmente ya no había más días disponibles en la semana.  Fue aquí en donde aquel refugio que había encontrado años atrás en las mujeres se sumó a todo lo que ya estábamos viviendo.  Terminé cometiendo adulterio; sin importar cuán especial fuera mi esposa, el problema seguía bien anidado en mi corazón y hasta que no lo enfrentara, mi tendencia seguiría siendo huir al refugio que durante años me había funcionado.

Destruí totalmente a mi esposa, recuerdo el día que le confesé lo que había hecho… quedó en un estado de conmoción mental, emocional y física.  Su mirada estaba perdida, todo su cuerpo temblaba inconteniblemente… evidentemente la noticia le cayó, no como un balde de agua fría, sino como muchos baldes de miles de cuchillos y afilados.  Destruí su autoestima, la traicioné, la rechacé y la humillé… fue devastador.

Abandoné a mi familia, renuncié al ministerio, quedé totalmente arruinado, perdido, solo, experimenté el señalamiento y la condenación de algunos.

Gracias a Dios, al igual que ocurrió con el hijo pródigo, gracias a las oraciones de mi esposa y de unos pocos más, el Señor me llevó al final de mi camino.  Hoy entiendo que estuve a punto de perder mi vida, pero Dios me sacó justo a tiempo del hueco de miseria en el que yo solito me metí, no existen más responsables aparte de mí.

Finalmente en febrero del 2006 pedí ayuda.  Dios me abrió las puertas en un centro de restauración para adictos muy reconocido y respetado a nivel mundial y fui aceptado, junto con mi familia.  En ese lugar, mi esposa me perdonó, mis hijas me perdonaron, me perdoné a mi mismo, Dios me perdonó, aprendí a ser el hombre, esposo y padre que mi familia necesita, mi hombría, mi matrimonio y mi paternidad fueron restauradas de manera milagrosa.  Allí estuvimos durante 2.5 años.

Hoy puedo decir con certeza que conozco la gracia y la misericordia de Dios y solo me basta con abrir los ojos por la mañana y ver a esa hermosa mujer a mi lado y ver a mis tres nenas durmiendo en una habitación bajo el mismo techo mío para reconocer cuán grande ha sido la gracia de Dios en mi vida.

Además de todo lo anterior, recibimos un nuevo llamado de parte del Señor: Caminar con individuos y sus familias que están sufriendo de la misma manera como yo hice sufrir a mi familia debido a las adicciones.   Dios ha decidido utilizar mi testimonio y el de mi familia para dar esperanza a aquellos que no la tienen y así tomen la decisión de pelear por sus vidas.