Siendo el pastor de una iglesia en Colombia caí en tentación y cometí adulterio.  Caí muy bajo, llegando al extremo de abandonar a mi esposa y mis dos hijas, debido a una adicción sexual.  Esto ocurrió porque, aunque era un pastor, tomé decisiones basado en lo que sentía y no en lo que Dios decía.  Después de una sucesión de errores muy serios, destruí mi familia.  Los sentimientos de rechazo, culpa y baja autoestima me atormentaban de día y de noche.

Pero le doy gracias al Señor por mi preciosa y fiel esposa Liliana, quien a pesar de mis actos, decidió creerle al Señor y oró, junto a un ejército de guerreros de oración, por mi libertad.  ¡Dios escuchó sus oraciones!  Él abrió mis ojos y me permitió ver la luz al final del túnel de oscuridad en el que me encontraba atrapado.  Entendí que la única opción que tenía era volver mis ojos a Jesús; fue precisamente en ese momento en que me arrepentí y confesé mi pecado.

Como consecuencia de esta decisión, Dios me devolvió mi esposa e hijas.  Esto ocurrió hace cuatro años, momento en que tuve el privilegio de iniciar, junto con mi familia, un hermoso proceso de restauración en un lugar llamado Dunklin Memorial Camp, en los pantanos de Okeechobee, Florida.  En este lugar, el Señor restauró mi relación con Él, con mi esposa y con mis hijas, y además ubicó mi autoestima en el lugar adecuado.  Me liberó de la culpa, la vergüenza y la condenación.  Con su guía, he aprendido a ser un mejor esposo y padre y nos entregó a mi esposa y a mi un ministerio en el que ayudamos a hombres y mujeres con problemas de adicciones quienes, como yo, decidieron volver su rostro al Señor y encontrar la hermosa luz que se lleva la culpa y que trae la paz y el gozo tan deseados y que solo Él nos puede dar.

Jaime Alberto García