“…….Pues el testimonio de Jesús es el espíritu de la profecía” – Apocalipsis 19:10

Barranquilla – Colombia,
Noviembre 15 de  2.014

Hace unos días, cuando asistíamos a un almuerzo en compañía de muchas personas,  alguien preguntó por qué razón yo no había asistido a la última reunión de ese grupo de amigos celebrada cuatro o cinco años atrás; y yo, dirigiéndome a todos los que estaban sentados en la mesa, en número superior a veinte personas, contesté: “porque en ese entonces Lucía y yo estábamos separados; durante trece (13) años cometí ADULTERIO, le hice daño a mi esposa y a mis hijos, destruí mi familia y lo perdí todo; pero Dios, en un acto de infinita misericordia y amor por nosotros,  me dio la oportunidad de recuperar todo lo que había perdido”.

Cuando digo esto, que es con mucha frecuencia y en los lugares menos esperados,  generalmente las personas que están sufriendo en sus familias el dolor causado por el ADULTERIO, sean Ofensoras u Ofendidas, se retiran, muy seguramente porque consideran que no es el momento, o no son capaces de enfrentar su propio dolor. Otras se quedan y preguntan cómo ocurrió ese MILAGRO porque, supuestamente, “quieren llevarle la información a una amiga, un amigo o una pareja que está viviendo una situación muy similar a la nuestra”.

Algunos que ya han oído o leído el texto de nuestro testimonio le preguntan a Lucía si hace falta que yo esté contando esto en todas partes, dando a entender  que no debemos pasar por alto el dicho popular que dice: “la ropa sucia se lava en casa”; y los que se quedan,  que no pasan de dos o tres, con lágrimas en los ojos nos dicen “quiero que me ayuden” o “necesito ayuda porque estoy sufriendo y no quiero vivir más está situación”.

En ese momento nosotros los oímos y les informamos cómo pueden hacer para lograr esa ayuda y así cumplimos con ese llamado que Dios, para su gloria, nos ha hecho al ordenarnos “dar a conocer nuestro testimonio” y llevar una palabra de aliento a quienes la necesitan.

Cuando la gente me escucha y ve que la actitud de Lucía es de apoyo y no de censura, entienden; los que están cometiendo ese pecado y los que están siendo ofendidos por causa de ese pecado dentro de su matrimonio, que eso no es una simple infidelidad, un canazo al aire o un cacho consentido como folclóricamente la sociedad machista en que hemos sido criados lo ha llamado, sino que es un pecado que ofende no sólo a su abnegada esposa o esposo y daña a sus hijos, sino que TAMBIÉN OFENDE A DIOS.

Hoy, después de haber dado nuestro testimonio en grupos de cuatro o cinco parejas hasta seminarios con más de cien personas asistentes, estamos absolutamente seguros que “EL PODER  DEL TESTIMONIO” es muy grande y que debemos cumplir con la voluntad divina de ser instrumento de Dios para la restauración de muchas personas, parejas y familias que sufren el dolor causado por el ADULTERIO y muchas otras ADICCIONES que las destruyen.

Si los apóstoles no hubieran cumplido con el mandato divino de dar testimonio de la Resurrección de Cristo, su muerte no hubiera sido más que eso; la muerte del líder de un combo de amigos o, como los muchachos de hoy dirían,  la muerte del parcero que hablaba  de alguien llamado Dios, que componía las fiestas convirtiendo el agua en vino y que se tiraba las pintas que con esfuerzo le fabricaba María cuando decidía limpiar con su túnica las llagas de un leproso o secar con ella las lágrimas de una pecadora arrepentida.

Fue  el testimonio de los apóstoles y de quienes tuvieron La Dicha de ver a Cristo Resucitado  lo que se constituyó en la base de lo que hoy es la Iglesia Cristiana y la Iglesia Católica y por eso hemos entendido que CONTAR NUESTRO TESTIMONIO es una TAREA  IMPUESTA POR DIOS que debemos cumplir en señal de agradecimiento y sólo  para Su Gloria.

Cuando terminamos de exponer un tema con quienes asisten a “HAY ESPERANZA” o quienes nos escuchan cuando hablamos de los milagros y la misericordia de Dios en nuestras vidas, les decimos que quedan autorizados para hablar de nosotros porque sabemos que a partir de ese momento muchos lo harán; y si eso ocurre; lo tomamos como un efecto multiplicador y no como un chisme que pueda, en cualquier momento, afectar nuestro buen nombre.

Gracias por leernos. Dios los siga colmando de Bendiciones.

Jaime O. y Lucía Díaz Arenas
Barranquilla (Col).